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Thesen über das Ende der Welt

Hernán D. Caro

Der alte Traum der Apokalypse spielt das Spiel des Traums des Fortschritts: beide bestehen in der Illusion einer Geschichte, die sich wie ein Pfeil durch die Zeiten bewegt, vom Anbeginn der Welt bis hin zum Endpunkt, zu ihrer Vollendung (dem „Jüngsten Gericht“, dem „Ende der Geschichte“, „The Happening“). Und was, wenn nichts endet? Oder wenn sich der Untergang bereits ereignet hat? Wenn er immer wieder geschah und das Ende erst der Anfang ist?

Die Apokalypse und die Dystopien, von der wir in düsteren Erzählungen, Schreckensbildern und spektakulären Szenen phantasieren, sind ein Produkt des Marktes. Genau desselben Marktes, dessen heutige absolute Entfesselung die Bedingungen für die Apokalypse und sonstige Dystopien an erster Stelle erzeugt hat.

Die Angst vor – oder die Besessenheit mit – dem Ende der Welt und sämtlichen „dystopischen Ordnungen“ ist im Grunde ein kleinbürgerlicher, spießiger Luxus. Wir erleben ihn vor unseren flickernden Bildschirmen, mit vollen Bäuchen und vollen Kühlschränken. Diejenigen, die dem Ende ihrer Welt erlagen oder dabei sind, es zu tun, die bereits in Dystopien – zeitgenössischen Kolonien, Flüchtlingscamps, sterbenden Regenwäldern – jeden Tag aufwachen, haben keine Zeit für Sci-Fi-Szenarien, so wie jemand, der in einem stürzenden Flugzeug sitzt, sich womöglich nicht fragt, wie der Aufprall klingen oder wie hell die Explosion wohl leuchten wird.

Auch in dem Teil der Natur, den wir uns als „irrational“ vorstellen, scheint jenes vorzukommen, das wir Menschen „das Böse“ nennen: Affen, die einander erbarmungslos töten; Pilze, die sich der Körper lebender Ameisen bemächtigen, sie kolonisieren, kontrollieren und schließlich zerstören, um weiter zu gedeihen… Aber wie viele Organismen bringen sich, wie wir Menschen es tun, freiwillig um? Lukas und Matthäus erzählen von einer Herde Säue, die „einen Abhang hinunter in einen See stürmte und ersoff“. Doch diese Säue waren von Dämonen besessen. Welche sind die Dämonen, die uns dazu zwingen, uns selbst auszurotten?

Die Worte eines Bankers: „Etwa die Hälfte des weltweiten Bruttoinlandsprodukts ist von der Natur abhängig. / Unsere Ozeane sind gefährdet. / Eine Veränderung ist erforderlich. / Deswegen treten wir als als Mitglied der XXX-Allianz bei, mit dem Ziel, Investition in Meeres- und Küstenökosysteme anzuspornen. / Wir müssen die Anpassungsfähigkeit unseres Planeten aufbauen. / Um in Zukunft produktive Ozeane zu haben“. Wo könnte man eine derart perverse Mischung von Naivität, Hochmut vor dem Leben selbst und humanistischer Ruchlosigkeit in einem einzigen Absatz vereinigt finden?

Wo ist das Handbuch der Postapokalypse, das unseren Hinterbliebenen helfen könnte, zu verstehen, was geschehen ist – und einen Neuaufbau zu versuchen? Aber bei näherer Betrachtung: wäre so ein Handbuch überhaupt wünschenswert?

James Lovelock: „Es hat womöglich vor 100.000 Jahren begonnen, als wir zum ersten Mal Wälder in Brand setzten als fauler Weg zum Jagen. Wir haben aufgehört, einfach noch ein Tier zu sein und damit begonnen, die Erde zu vernichten.“

Dies war die Sünde des Prometheus: der Raub des göttlichen Feuers, das den Weg zur menschlichen „Zivilisation“ ebnete. Dafür ließen ihn die Götter an einer Säule anketten und sendeten einen Adler, der jeden Tag Prometheus’ Leber frisst, die sich aber nachts wiederum erneuert. Es war eine zu milde Strafe.

Die Selbstsucht, die unsere ängstliche Sehnsucht nach dem Ende aller Enden füttert (in Wahrheit fürchtet niemand den Untergang der Spezies, sondern den eigenen), ist dieselbe, die uns dazu führt, bereits jetzt das nächste Flugticket zu kaufen, die nächste Reise zu planen, den nächsten Strand mit unserem Auftreten besudeln zu wollen.

Angesichts des drohenden Zusammenbruchs unserer sogenannten „Zivilisation“: Welche ist unsere Verpflichtung gegenüber den kommenden Generationen? Pessimisten zu sein? Das Weltende weiterhin zu prophezeien – damit sich diese Prophezeiung nicht realisiert (nach Deborah Danowski und Eduardo Viveiros de Castro)? Oder sind wir verpflichtet, Optimisten zu sein (wie Bruno Latour es möchte), weiter zu leben, säen und „kämpfen“ – was auch immer das bedeuten mag?

Ailton Krenak: „Aber wer sagt denn, dass man nicht abstürzen soll? Wer sagt, das wir nicht längst abgestürzt sind? / Warum stört uns das Gefühl zu fallen? Wir haben doch in der letzten Zeit nichts anderes getan als zu fallen, zu zerschellen. Fallen, fallen, fallen. Warum stören wir uns jetzt so daran? Lasst uns doch all unser Urteilsvermögen und unsere Kreativität darauf verwenden, bunte Fallschirme zu bauen. Stellen wie uns den Weltraum nicht als einen begrenzten Ort vor, sondern als Kosmos, durch den wir mit bunten Fallschirmen stürzen“.

Der einzige Sinn der Geschichte: Untergang als Übergang zum Untergang.

and scrambled it to make a type specimen book.

Traducción: La próxima década podría ser peor

Traducción libre del artículo de Graeme Wood en The Atlantic

(The Next Decade Could Be Even Worse
A historian believes he has discovered iron laws that predict the rise and fall of societies. He has bad news.)

Peter turchin, uno de los expertos mundiales en escarabajos del pino y posiblemente también en seres humanos, aceptó condicionalmente el reunirse conmigo durante el verano pasado, en el campus de la Universidad de Connecticut en Storrs, donde enseña. Como muchas personas durante la pandemia, prefería limitar su contacto con otros humanos. También dudaba que el contacto con personas tuviera mucho valor, cuando sus modelos matemáticos ya podían decirme todo lo que necesitaba saber.

Pero tenía que salir de su oficina en algún momento. (“Una forma de saber que soy ruso es que no puedo pensar sentado”, me dijo. “Tengo que salir a caminar”). Ninguno de los dos había visto casi a nadie desde que la pandemia había clausurado el país varios meses antes. El campus estaba tranquilo. “Hace una semana, todo era aún más parecido al impacto de una bomba de neutrones”, dijo Turchin. Los animales estaban recuperando tímidamente el campus, añadió: ardillas, marmotas, ciervos, incluso un ocasional halcón de cola roja. Durante nuestro paseo, los celadores y unos cuantos niños en monopatín fueron los únicos representantes de la población humana a la vista.

El año 2020 ha sido bueno para Turchin, por muchas de las mismas razones que ha sido un infierno para el resto de nosotros. Ciudades incendiadas, líderes elegidos que apoyan la violencia, homicidios en aumento… para un estadounidense normal, estos son signos apocalípticos. Para Turchin, indican que sus modelos, que incorporan miles de años de datos sobre la historia humana, están funcionando. (“No toda la historia de la humanidad”, me corrigió una vez. “Sólo los últimos 10.000 años”). Lleva una década advirtiendo de que unas cuantas tendencias sociales y políticas clave presagian una “era de la discordia”, de disturbios civiles y de carnicerías peores que las que han vivido la mayoría de los estadounidenses. En 2010, predijo que los disturbios se agravarían en torno a 2020, y que no cederían hasta que esas tendencias sociales y políticas se invirtieran. En el mejor de los casos, los disturbios alcanzarían el nivel de finales de los años sesenta y principios de los setenta; en el peor, una guerra civil total.

Los problemas fundamentales, dice, son una oscura triada de males sociales: una clase elitista hinchada, con muy pocos puestos de trabajo para sus integrantes; el descenso del nivel de vida de la población en general; y un gobierno que no puede cubrir sus propuestas financieras. Sus modelos, que trazan estos factores en otras sociedades a lo largo de la historia, son demasiado complicados para explicarlos en una publicación no técnica. Sin embargo han logrado impresionar a los redactores de publicaciones no técnicas y le han valido comparaciones con otros autores de “megahistorias”, como Jared Diamond y Yuval Noah Harari. El columnista del New York Times, Ross Douthat, ya consideraba poco convincente el modelo histórico de Turchin, pero el 2020 lo convirtió en un creyente: “En estos momentos”, admitió recientemente Douthat en un podcast, “siento que hay que prestarle un poco más de atención”.

Diamond y Harari se propusieron describir la historia completa de la humanidad. Turchin mira hacia un futuro lejano, de ciencia ficción, para sus lectores. En Guerra y paz y guerra (2006), su libro más accesible, se compara con Hari Seldon, el “matemático inconformista” de la serie Fundación de Isaac Asimov, quien puede predecir el ascenso y la caída de los imperios. En esos 10.000 años de datos, Turchin cree haber encontrado leyes inamovibles que dictan el destino de las sociedades humanas.

El destino de nuestra propia sociedad, dice, no va a ser muy atractivo, al menos a corto plazo. “Es demasiado tarde”, me dijo mientras pasábamos por el lago Mirror, que el sitio web de la Universidad de Conneticut describe como el lugar favorito de los estudiantes para “leer, relajarse o montar en columpio”. Los problemas son profundos y estructurales, no del tipo que el tedioso proceso de cambio democrático podría solucionar a tiempo para evitar el caos. Turchin compara a -Estados Unidos- con un enorme crucero que se dirige directamente hacia un iceberg: “Si se discute entre la tripulación sobre qué camino tomar, no podrá girar a tiempo y chocará directamente con el iceberg”. Los últimos 10 años, de muchas maneras, han sido de discusión. Aquél repugnante crujido que se escucha ahora -acero que se retuerce, remaches que saltan- es el sonido del barco al chocar con el iceberg.

“Tenemos casi garantizados” cinco años infernales, predice Turchin, y probablemente una década o más. El problema, dice, es que hay demasiada gente como yo. “Eres de la clase dirigente”, me dijo, sin inmutarse. Como si me hubiera comunicado que tengo el pelo castaño, o que mi iPhone es un poco más nuevo que el suyo. De los tres factores que impulsan la violencia social, Turchin destaca sobre todo la “sobreproducción de las élites”, es decir, la tendencia de las clases dirigentes de una sociedad a crecer más rápido que el número de puestos que pueden ocupar sus miembros. Una forma de que una clase dirigente crezca, es biológicamente: pensemos en Arabia Saudí, donde los príncipes y princesas nacen más rápido de lo que se pueden crear los puestos reales para ellos. En Estados Unidos, las élites se sobreproducen a través de la movilidad ascendente económica y educativa: Cada vez más gente se enriquece y cada vez más gente se educa. Ninguna de las dos cosas suena mal por sí sola. ¿No queremos acaso que todo el mundo sea rico y educado? Los problemas comienzan cuando el dinero y los títulos de Harvard se convierten en títulos reales como en Arabia Saudí. Si mucha gente los tiene, pero sólo algunos tienen poder real, los que no tienen poder acaban por revelarse contra los que sí lo tienen.

En Estados Unidos, dice Turchin, cada vez se ven más aspirantes que luchan por un solo puesto de trabajo en, por ejemplo, una prestigiosa agencia de abogados, o en una influyente sinecura gubernamental, o (aquí entró en lo personal) en una revista nacional. Tal vez al ver los agujeros en mi camiseta, Turchin señaló que una persona puede formar parte de una élite ideológica en lugar de una económica. (Él no se considera miembro de ninguna de las dos. Un profesor llega como mucho a unos cientos de estudiantes, me dijo. “Tú llegas a cientos de miles”). Los puestos de élite no se multiplican tan rápido como las élites. Sigue habiendo sólo 100 escaños en el Senado, pero hay más gente que nunca que tiene suficiente dinero o títulos para pensar que debería dirigir el país. “Ahora se da una situación en la que hay muchas más élites luchando por el mismo puesto, y una parte de ellas se convertirá en contra-élites”, dijo Turchin.


Donald Trump, por ejemplo, puede parecer de la élite (padre rico, título de Wharton, cómodas doradas), pero el trumpismo es un movimiento de contra-élite. Su gobierno está repleto de nadies con credenciales que fueron excluidos de las administraciones anteriores, a veces por buenas razones y otras porque el establishment de Groton-Yale simplemente no tenía vacantes. El ex asesor y estratega jefe de Trump, Steve Bannon, dijo Turchin, es un “ejemplo paradigmático” de una contra-élite. Creció en la clase trabajadora, fue a la Escuela de Negocios de Harvard y se enriqueció como banquero de inversiones y como propietario de una pequeña participación en los derechos de sindicación de Seinfeld (la serie). Nada de eso se tradujo en poder político hasta que se alió con la gente común. “Era una contra-élite que utilizó a Trump para abrirse paso, para volver a poner a los hombres blancos trabajadores al mando”, dijo Turchin.

La sobreproducción de las élites crea contraélites, y las contraélites buscan aliados entre la clase común. Si el nivel de vida de la clase común disminuye -no en relación con las élites, sino en relación con lo que tenían antes-, aceptan las propuestas de las contraélites y empiezan a “engrasar los ejes de sus carretas” ( Juego de palabras con Tumbrels, palabra que designa las carretas usadas durante la revolución francesa para llevar los condenados partidarios de la monarquía, a la guillotina). La vida de la clase común empeora, y los pocos que intentan subirse al bote salvavidas de las élites se ven arrojados al agua por los que ya están a bordo. El desenlace del colapso inminente, dice Turchin, suele ser la insolvencia del Estado. En algún momento, el aumento de la inseguridad resulta muy caro. Las élites tienen que apaciguar a los ciudadanos inconformes con limosnas y regalos, y cuando éstos se agotan, comienzan a vigilar la disidencia y oprimir manifestaciones. Finalmente, el Estado agota todas las soluciones a corto plazo y lo que hasta entonces era una civilización coherente, se desintegra.

Los pronósticos de Turchin serían más fáciles de descartar como teorías de escritorio, si la desintegración no estuviera ocurriendo justo ahora, más o menos como predijo el Vidente de Storrs hace 10 años. Si los próximos 10 años son tan sísmicos como él dice que serán, los historiadores y los científicos sociales tendrán que dar crédito a sus predicciones. Suponiendo, por supuesto, que todavía queden universidades en pié para emplear a tales personas.

Turchin nació en 1957 en Obninsk (Rusia), una ciudad construida por el Estado soviético como una especie de paraíso nerd, donde los científicos podían colaborar y convivir. Su padre, Valentin, era físico y disidente político, y su madre, Tatiana, se formó como geóloga. Se trasladaron a Moscú cuando él tenía 7 años y en 1978 huyeron a Nueva York como refugiados políticos. Allí encontraron rápidamente una comunidad que hablaba el idioma del hogar, que era el de la ciencia. Valentin dio clases en la City University de Nueva York, y Peter estudió biología en la NYU y se doctoró en zoología en Duke.

Turchin escribió una tesis sobre el escarabajo mexicano del fríjol, una simpática plaga parecida a una mariquita que se alimenta de legumbres en zonas entre Estados Unidos y Guatemala. Cuando Turchin comenzó su investigación, a principios de la década de 1980, la ecología estaba evolucionando de un modo que ya había iniciado en algunos campos. La antigua forma de estudiar insectos consistía en recogerlos y describirlos: contar sus patas, medir sus vientres y clavarlos en trozos de madera aglomerada para futuras referencias. (Basta ir al Museo de Historia Natural de Londres, y en las bodegas aún podremos encontrar las estanterías con frascos de campana y cajas de especímenes). En los años 70, el físico australiano Robert May se dedicó a la ecología y ayudó a transformarla en una ciencia matemática cuyas herramientas incluían supercomputadores junto con redes para mariposas y trampas de botella. Sin embargo, al principio de su carrera, según Turchin, “la mayoría de los ecólogos seguían siendo bastante renuentes a las matemáticas”.

De hecho, Turchin hizo trabajo de campo, pero contribuyó a la ecología sobre todo recopilando y utilizando datos para modelar la dinámica de las poblaciones, por ejemplo, determinando por qué una población de escarabajos del pino puede apoderarse de un bosque o por qué esa misma población puede disminuir. (También trabajó con polillas, topos y lemmings).

A finales de los años 90, se produjo el desastre: Turchin se dio cuenta de que sabía todo lo que quería saber sobre los escarabajos. Se compara con Thomasina Coverly, la niña genio de la obra de Tom Stoppard, Arcadia, que se obsesionaba con los ciclos vitales de ciertas aves de caza y otras criaturas de su casa de campo de Derbyshire. El personaje de Stoppard tenía la desventaja de vivir un siglo y medio antes del desarrollo de la teoría del caos. “Ella se rindió porque era demasiado complicado”, dijo Turchin. “Yo me rendí porque resolví el problema”.

Turchin publicó una última monografía, Complex Population Dynamics: A Theoretical / Empirical Synthesis (2003), y luego dio la noticia a sus colegas de la Univ. de Conneticut, de que diría un adiós permanente al campo, aunque seguiría cobrando un sueldo como profesor titular en su departamento. (Ya no recibe aumentos, pero dice que ya había alcanzado “un nivel cómodo y, ya sabe, uno no necesita tanto dinero”). “Normalmente, la crisis de los 40 significa que uno se divorcia de su esposa y se casa con una estudiante de posgrado”, dijo Turchin. “Yo me divorcié de una antigua ciencia y me casé con una nueva”.

Los pronósticos de Turchin serían más fáciles de descartar como teorías de armario, si no se estuvieran cumpliendo ahora, más o menos como lo predijo hace 10 años.


Uno de sus últimos artículos apareció en la revista Oikos. “¿Tiene la ecología de la población leyes generales?” preguntó Turchin. La mayoría de los ecologistas dijeron que no: Las poblaciones tienen su propia dinámica, y cada situación es diferente. Los escarabajos del pino se reproducen, se desbocan y arrasan un bosque por razones de escarabajos del pino, pero eso no significa que las poblaciones de mosquitos o garrapatas suban y bajen según los mismos ritmos. Turchin sugirió que “hay varias proposiciones y leyes muy generales” que podrían aplicarse a la ecología. Tras su larga adolescencia de recopilación y catalogación, la ecología disponía de suficientes datos para describir estas leyes universales y dejar de fingir que cada especie tenía su propia idiosincrasia. “Los ecólogos conocen estas leyes y deberían llamarlas leyes”. Turchin propuso, por ejemplo, que las poblaciones de organismos crecen o disminuyen exponencialmente, no linealmente. Por eso, si uno compra dos cuyes, pronto tendrá no sólo unos cuantos más, sino una casa -y pronto un barrio- llena de los bichos (mientras se sigan alimentando). Esta ley es lo suficientemente sencilla como para que la entienda un estudiante de matemáticas de bachillerato, y describe la suerte de todo, desde las garrapatas hasta los estorninos -starlings, los pájaros detrás de las murmuraciones– y los camellos. Las leyes que Turchin aplicó a la ecología -y su insistencia en llamarlas leyes- generaron una respetuosa controversia en su momento. Ahora se citan en libros de texto.

Tras dejar la ecología, Turchin comenzó una investigación similar que intentaba formular leyes generales para una especie animal diferente: los seres humanos. Hacía tiempo que tenía un interés de aficionado por la historia. Pero también tenía el instinto de un depredador para inspeccionar la sabana del conocimiento humano y abalanzarse sobre la presa más débil. “Todas las ciencias pasan por esta transición hacia la matematización”, me dijo Turchin. “Cuando tuve la crisis de los 40, busqué un tema en el que pudiera ayudar a esta transición hacia una ciencia matematizada. Sólo quedaba una, y era la historia”.

Los historiadores leen libros, cartas y otros textos. De vez en cuando, si tienen inclinaciones arqueológicas, desentierran ollas de barro y monedas. Pero para Turchin, confiar únicamente en estos métodos era el equivalente a estudiar los insectos clavándolos en tableros y contando sus antenas. Si los historiadores no iban a provocar ellos mismos una revolución matemática, él asaltaría sus departamentos y lo haría por ellos.

“Hay un debate antiguo entre los científicos y los filósofos sobre si la historia tiene leyes generales”, escribieron él y un coautor en Secular Cycles (2009). “Una premisa básica de nuestro estudio es que las sociedades históricas pueden estudiarse con los mismos métodos que los físicos y los biólogos utilizan para estudiar los sistemas naturales”. Turchin fundó una revista, Cliodynamics, dedicada a “la búsqueda de principios generales que expliquen el funcionamiento y la dinámica de las sociedades históricas.” (El término es una acuñación suya: Clío es la musa de la historia.) Ya había anunciado la llegada de la disciplina en un artículo en Nature, donde comparaba a los historiadores reacios a construir principios generales con sus colegas de la biología “que se preocupan más por la vida privada de los arañeros”. “Dejemos que la historia siga centrándose en lo particular”, escribió. La cliodinámica sería una nueva ciencia. Mientras los historiadores desempolvaban los frascos de campana en el sótano de la universidad, Turchin y sus seguidores estarían arriba, respondiendo a las grandes preguntas.

Para dar origen a la investigación de la revista, Turchin ideó un archivo digital de datos históricos y arqueológicos. La codificación de sus registros requiere delicadeza, me dijo, porque (por ejemplo) el método para determinar el tamaño de la clase élite-aspirante de la Francia medieval podría diferir de la medida de la misma clase en los Estados Unidos actuales. (En el caso de la Francia medieval, una medida aproximada es el número de miembros de su clase noble, que se llenó de segundos y terceros hijos que no tenían castillos ni mansiones que gobernar. Un equivalente estadounidense, dice Turchin, sería el número de abogados). Pero una vez introducidos los datos, tras ser examinados por Turchin y por especialistas en el periodo histórico que se examina, ofrecen rápidas y poderosas sugerencias sobre los sucesos históricos.

Los historiadores de la religión llevan mucho tiempo reflexionando sobre la relación entre el auge de la civilización compleja y la creencia en dioses, especialmente en los “dioses moralizadores”, del tipo que te regañan por pecar. El año pasado, Turchin y una docena de coautores extrajeron de la base de datos “registros de 414 sociedades que abarcan los últimos 10.000 años de 30 regiones de todo el mundo, utilizando 51 medidas de complejidad social y 4 medidas de aplicación sobrenatural de la moralidad” para responder a la pregunta de forma concluyente. Descubrieron que las sociedades complejas tienen más probabilidades de tener dioses moralizadores, pero los dioses tienden a empezar a regañar después de que las sociedades se vuelvan complejas, no antes. A medida que la base de datos se amplíe, intentará eliminar más preguntas del ámbito de la especulación humanista y guardarlas en un cajón con la etiqueta de respondidas.

Una de las conclusiones más incómodas de Turchin es que las sociedades complejas surgen gracias a la guerra. El efecto de la guerra es premiar a las comunidades que se organizan para luchar y sobrevivir, y tiende a acabar con las que son simples y de pequeña escala. “Nadie quiere aceptar que vivimos en las sociedades que tenemos”, ricas y complejas, con universidades, museos, filosofía y arte, “por culpa de algo tan grotesco como la guerra”, dijo. Pero los datos son claros: procesos darwinianos seleccionan las sociedades complejas porque acaban con las más simples. La idea de que la democracia encuentra su fuerza en su bondad esencial y en su mejora moral con respecto a sus sistemas rivales es igualmente fantasiosa. En cambio, las sociedades democráticas florecen porque tienen la memoria de haber sido casi borradas por un enemigo externo. Evitaron la extinción sólo a través de la acción colectiva, y el recuerdo de esa acción colectiva hace que la política democrática sea más fácil de llevar a cabo en el presente, dijo Turchin. “Hay una correlación muy estrecha entre la adopción de instituciones democráticas y el hecho de tener que luchar en una guerra por la supervivencia”.

También es bastante incómoda: la conclusión de que los disturbios civiles podrían llegar pronto, y podrían alcanzar el punto de destrozar el país. En 2012, Turchin publicó un análisis de la violencia política en Estados Unidos, partiendo de nuevo de una base de datos. Clasificó 1.590 incidentes -disturbios, linchamientos, cualquier acontecimiento político en el que muriera al menos una persona- desde 1780 hasta 2010. Algunos períodos fueron plácidos y otros sangrientos, con picos de brutalidad en 1870, 1920 y 1970, ciclos de 50 años. Turchin excluye el último incidente violento, la Guerra Civil, como un “evento sui generis”. La exclusión puede parecer sospechosa, pero para un estadístico, “recortar valores atípicos” es una práctica habitual. Los historiadores y los periodistas, por el contrario, tienden a centrarse en los valores atípicos -porque son interesantes- y a veces pasan por alto tendencias más importantes.

Algunos aspectos de esta visión cíclica exigen volver a aprender partes de la historia de Estados Unidos, prestando especial atención al número de élites. Según Turchin, la industrialización del Norte, que comenzó a mediados del siglo XIX, enriqueció a un gran número de personas. El rebaño de élite se redujo durante la Guerra Civil, que arrasó con la clase esclava del sur o la empobreció, y durante la Reconstrucción, cuando Estados Unidos experimentó una oleada de asesinatos de políticos republicanos. (El más famoso fue el asesinato de James A. Garfield, el vigésimo presidente de los Estados Unidos, a manos de un abogado que había exigido, pero no recibido, un cargo político). No fue hasta las reformas progresistas de la década de 1920, y más tarde el New Deal, que la sobreproducción de las élites se frenó realmente, al menos durante un tiempo.

Esta oscilación entre la violencia y la paz, con la sobreproducción de las élites como primer jinete del recurrente apocalipsis estadouinense, inspiró la predicción de Turchin para 2020. En 2010, cuando Nature hizo una encuesta a los científicos sobre sus predicciones para la próxima década, la mayoría se tomó la encuesta como una invitación a la autopromoción y a la exaltación, soñadora, de los próximos avances en sus campos. Turchin replicó con su profecía de fatalidad y dijo que nada que no fuera un cambio fundamental podría impedir otro giro violento.

Las prescripciones de Turchin son, en su conjunto, vagas e inclasificables. Algunas suenan como ideas que podrían haber surgido de la senadora Elizabeth Warren -imponer impuestos a las élites hasta que haya menos-, mientras que otras, como el llamamiento a reducir la inmigración para mantener los salarios altos de los trabajadores estadounidenses, se asemejan al proteccionismo trumpiano. Otras políticas son simplemente heréticas. Se opone a la educación superior orientada a la obtención de credenciales, por ejemplo, que, según él, es una forma de producir en masa élites sin producir también en masa puestos de trabajo de élite para que los ocupen. Los artífices de tales políticas, me dijo, están “creando élites excedentes, y algunas se convierten en contra-élites”. Un enfoque más inteligente sería mantener un número reducido de élites y un aumento constante de los salarios reales de la población en general.

¿Cómo hacerlo? Turchin dice que no lo sabe realmente, y que no es su trabajo saberlo. “No pienso en términos de política específica”. “Tenemos que detener el proceso desbocado de sobreproducción de las élites, pero no sé qué funcionará para hacerlo, y nadie más lo sabe. ¿Aumentar los impuestos? ¿Subir el salario mínimo? ¿Renta básica universal?”. Admitió que cada una de estas posibilidades tendría efectos imprevisibles. Recordó una historia que había escuchado cuando aún era ecologista: En una ocasión, el Servicio Forestal puso en marcha un plan para reducir la población de escarabajos del pino con pesticidas, pero descubrió que el pesticida mataba a los depredadores de los escarabajos con más eficacia que a los propios escarabajos. La intervención dio como resultado más escarabajos que antes. La lección, dijo, es que hay que practicar la “gestión adaptativa”, cambiando y modulando el enfoque sobre la marcha.

Turchin espera que, con el tiempo, nuestra comprensión de la dinámica histórica madure hasta el punto de que ningún gobierno haga política sin reflexionar sobre si se está precipitando hacia un desastre matemáticamente predestinado. Dice que podría imaginarse una agencia asimoviana que vigilara ciertos índices pre-calculados y brinde asesoría en respuesta a ellos. Sería como la Reserva Federal, pero en lugar de vigilar la inflación y controlar la oferta monetaria, se encargaría de evitar el colapso total de la civilización.

Los historiadores no han aceptado, en general, las condiciones de rendición de Turchin con mucha gracia. Desde el siglo XIX como mínimo, la disciplina ha abrazado la idea de que la historia es irreductiblemente compleja, y ahora la mayoría de los historiadores creen que la diversidad de la actividad humana frustrará cualquier intento de elaborar leyes generales, especialmente las predictivas. (Como me dijo Jo Guldi, historiador de la Universidad Metodista del Sur, “algunos historiadores consideran a Turchin lo mismo que los astrónomos consideran a Nostradamus”). En cambio, cada acontecimiento histórico debe ser descrito con cariño, y su idiosincrasia debe entenderse como limitada en cuanto a su relevancia para otros acontecimientos. La idea de que una cosa causa otra, y de que el patrón causal puede informar sobre secuencias de acontecimientos en otro lugar o siglo, es un territorio extraño.

Incluso se podría decir que lo que define a la historia como una empresa humanista es la creencia de que no se rige por leyes científicas, que los elementos de funcionamiento de las sociedades humanas no son como las bolas de billar, que, si se colocan en determinados ángulos y se golpean con una determinada fuerza, se abrirán de manera determinada y rodarán hacia un agujero de guerra o un agujero de paz. Turchin replica que ya ha oído hablar de la complejidad irreducible y que la aplicación constante del método científico ha logrado controlar esa complejidad. Piensa en el concepto de temperatura, algo tan obviamente cuantificable ahora que nos reímos de la idea de que es demasiado vago para medirlo. “Antes de que la gente supiera lo que era la temperatura, lo mejor que podías hacer era decir que tenías calor o frío”, me dijo Turchin. El concepto dependía de muchos factores: el viento, la humedad, las diferencias humanas ordinarias de percepción. Ahora tenemos termómetros”. Turchin quiere inventar un termómetro para las sociedades humanas que mida cuándo es probable que estallen en una guerra.

Turchin espera que, con el tiempo, ningún gobierno haga política sin reflexionar sobre si se está precipitando hacia un desastre matemáticamente predestinado.


Un científico social que puede hablar con Turchin en su propio argot matemático es Dingxin Zhao, un profesor de sociología de la Universidad de Chicago que, increíblemente, también comenzó como un ecólogo matemático. (Obtuvo un doctorado haciendo modelos de la dinámica de las poblaciones de gorgojos de la zanahoria antes de obtener un segundo doctorado en sociología política china). “Vengo de una formación en ciencias naturales”, me dijo Zhao, “y en cierto modo simpatizo con Turchin. Si uno llega a las ciencias sociales desde las ciencias naturales, tiene una poderosa forma de ver el mundo. Pero también puede cometer errores graves”.

Zhao dijo que los seres humanos son mucho más complicados que los insectos. “Las especies biológicas no elaboran estrategias de manera muy flexible”, me dijo. Tras milenios de investigación y desarrollo (R&D) evolutivo, un pájaro carpintero podrá idear formas ingeniosas de clavar su pico en un árbol en busca de comida. Incluso puede haber características sociales: un pájaro carpintero alfa puede imponerse a los pájaros carpinteros beta para que le entreguen los primeros bocados con las termitas más sabrosas. Pero los seres humanos son criaturas sociales mucho más engañosas, dice Zhao. Un pájaro carpintero se comerá una termita, pero “no explicará que lo hace porque es su derecho divino”. Los seres humanos realizan movimientos ideológicos de poder como este todo el tiempo, dijo Zhao, y para entender “las decisiones de un Donald Trump, o un Xi Jinping”, un científico natural tiene que incorporar las innumerables complejidades de la estrategia, la emoción y la creencia humanas. “Yo ya hice ese cambio”, me dijo Zhao, “y Peter Turchin no lo ha hecho”.

No obstante, Turchin está llenando un nicho historiográfico que han dejado vacío los historiadores académicos con alergias no sólo a la ciencia, sino a una visión gran angular del pasado. Se inscribe en una tradición rusa proclive a las reflexiones amplias y tolstoianas sobre el camino de la historia. En comparación a él, los historiadores estadounidenses parecen en su mayoría microhistoriadores. Pocos se atreverían a escribir una historia de los Estados Unidos, y mucho menos una de la civilización humana. El enfoque de Turchin es también ruso, o post-soviético, rechazando la teoría marxista del progreso histórico que había sido la ideología oficial del Estado soviético. Cuando la U.R.S.S. se derrumbó, también lo hizo el requisito de que la escritura histórica reconociera el comunismo internacional como la condición ideal hacia la que se inclinaba el arco de la historia. Turchin abandonó por completo la ideología, dice: En lugar de inclinarse hacia el progreso, el arco se dobla sobre sí mismo, en un bucle interminable de auge y caída. Esto lo pone en desacuerdo con los historiadores estadounidenses, muchos de los cuales albergan una fe tácita en que la democracia liberal es el estado final de toda la historia.

Escribir la historia de esta forma cíclica y generalizada es más fácil si uno se formó fuera del campo. “Si se observa a quiénes escriben estas megahistorias, la mayoría de las veces no son historiadores reales”, me dijo Walter Scheidel, un historiador real de Stanford (Scheidel, cuyos libros abarcan milenios, se toma en serio el trabajo de Turchin e incluso co-escribió un artículo con él). En cambio, proceden de campos científicos en los que no dominan estos tabúes. El libro más famoso del género, Armas, gérmenes y acero (1997), recoge 13.000 años de historia humana en un solo volumen. Su autor, Jared Diamond, pasó la primera mitad de su carrera como uno de los mayores expertos del mundo en la fisiología de la vesícula biliar. Steven Pinker, psicólogo cognitivo que estudia cómo los niños adquieren las partes del lenguaje, ha escrito una megahistoria sobre el declive de la violencia a lo largo de miles de años, y sobre el florecimiento humano desde la Ilustración. La mayoría de los historiadores a los que pregunté sobre estos hombres -y por alguna razón la megahistoria es casi siempre una actividad masculina- utilizaron términos como ‘payaso’ y ‘patentemente tendencioso’ para describirlos.

Pinker replica que los historiadores están resentidos por la atención que han recibido los “oportunistas de la disciplina” como él mismo, por aplicar métodos científicos a las humanidades y llegar a conclusiones que habían eludido los antiguos métodos. Es escéptico respecto a las afirmaciones de Turchin sobre los ciclos históricos, pero sí cree en la investigación histórica basada en datos. “Dada la escasez de información sobre el comportamiento humano y la prevalencia de los prejuicios cognitivos, es fácil engañarse a sí mismo sobre un período o tendencia histórica, escogiendo cualquier acontecimiento que se ajuste a la propia narrativa”, afirma. La única respuesta es utilizar bases de datos enormes”. Pinker agradece a los historiadores tradicionales su trabajo de recopilación de tales datos; me dijo en un correo electrónico que “merecen una admiración extraordinaria por su labor de investigación (“limpiar mierda de ratón de registros judiciales mohosos en el sótano de las alcaldías”, como me dijo un historiador)”. No pide una rendición, sino una tregua. “No existe una razón para que la historia tradicional y la ciencia enfocada en datos no puedan fusionarse en una empresa cooperativa”, escribió Pinker. “Producir conocimiento es difícil; necesitamos utilizar todas las herramientas disponibles”.

Guldi, profesora de la Universidad Metodista del Sur, es una de las investigadoras que han adoptado herramientas antes despreciadas por los historiadores. Es una pionera de la historia basada en datos que considera escalas de tiempo más allá de la vida humana. Su técnica principal es la extracción de datos textuales; por ejemplo, cernir millones y millones de palabras recogidas en debates parlamentarios para comprender la historia del uso de la tierra en el último siglo del imperio británico. Guldi puede parecer una recluta potencial para la cliodinámica, pero su enfoque hacia los cuerpos de datos se basa en métodos tradicionales de las humanidades. Cuenta la frecuencia de las palabras, en lugar de tratar de encontrar formas de comparar categorías grandes y difusas entre civilizaciones. Las conclusiones de Turchin son tan buenas como sus bases de datos, dice Guldi, y cualquier base de datos que intente codificar algo tan complejo como quiénes constituyen las élites de una sociedad -y que luego intente hacer comparaciones a través de milenios y de océanos- se encontrará con el escepticismo de los historiadores tradicionales, que niegan que el tema al que han dedicado su vida pueda expresarse en formato Excel. Los datos de Turchin también se limitan a características generales observadas a lo largo de 10.000 años, es decir, unas 200 vidas. Según los estándares científicos, un número de muestras de 200 es pequeño, aunque sea todo lo que tiene la humanidad.

Sin embargo, 200 vidas es al menos, un número más ambicioso que el marco histórico promedio de sólo una. Y la recompensa por tal ambición -además del derecho a presumir por haber aclarado prácticamente todo lo que le ha sucedido a los seres humanos- incluye algo que todo escritor desea: una audiencia. Pensar en pequeño rara vez hace que te citen en el New York Times. Turchin aún no ha atraído al público masivo de Diamond, Pinker o Harari. Pero ha atraído a investigadores de la catástrofe política, a periodistas y expertos que buscan grandes respuestas a preguntas apremiantes y a verdaderos creyentes en el poder de la ciencia para vencer la incertidumbre y mejorar el mundo. Sin duda alguna, ya superó a la mayoría de los expertos en escarabajos.

Si tiene razón, es difícil ver cómo la historia evitará asimilar sus ideas, si es que puede evitar ser borrada por ellas. En privado, algunos historiadores me han dicho que consideran que las herramientas que utiliza son poderosas, aunque un tanto burdas. La cliodinámica se suma a una larga lista de métodos que llegaron a la escena prometiendo revolucionar la historia. Muchos fueron modas, pero algunos sobrevivieron a esa etapa para ocupar el lugar que les corresponde en un conjunto de herramientas historiográficas en crecimiento. Los métodos de Turchin ya han demostrado su poder. La cliodinámica ofrece hipótesis científicas, y la historia humana nos dará cada vez más oportunidades de comprobar sus predicciones, revelando si Peter Turchin es un Hari Seldon o un simple Nostradamus. Por mi parte, hay pocos pensadores a quienes desee tanto que sus teorías se prueben como falsas.

Este artículo aparece en la edición impresa de diciembre de 2020 con el título “El historiador que ve el futuro”. Se publicó por primera vez en Internet el 12 de noviembre de 2020.

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